La Reina
Domingo 25 de Enero de 2009 12:50 - 11182 Lecturas.

Todos la han visto ya, en las fotos y las imágenes que narran su coronación, pero tal vez resulte grato descubrir otros aspectos de una barilochense de pura cepa, que coronó un sueño, maravilloso, singularmente intransferible. Algunas fotos de su álbum familiar: junto a papá Alberto y mamá Mónica en una entrega de diplomas, y cuando niña (5 añitos) cuando los sueños llegaban hasta el infinito. Y una semblanza por Rodolfo E. García.

Emociones. Sobre el escenario, el momento de la coronación.

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Del álbum. Bailar, soñar, reir. Momentos en la vida de Gabriela, la nueva reina.

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(Gabriela está allí, sobre el escenario. Sonríe generosamente, aunque la risa no impida las lágrimas, ese modo tan simple de expresar la emoción, que rompe las barreras de cualquier pose estudiada. No hay seguro contra la emoción verdadera. Fluye nomás, y por un momento el corazón late libre, al viento, sin censura ni falsos prejuicios; ese nudo en la garganta se desata por fin y suelta todas las sensaciones que el momento despierta. Desde muy adentro, el yo interior se manifesta. Y ella vuelve a dar fe de lo humano, del simple y maravilloso don de sentir hondo. Es la nueva Reina Nacional de la Nieve. Lo acaban de decir, y aunque Gabriela sólo parece saludar con sus brazos en alto, en realidad está tocando el cielo con las manos. El cielo de su pueblo, Bariloche).

- Sí; fue una emoción muy grande, no me la esperaba- dice, ahora que ya pasaron las horas y un ligero resfrío le aplaca la voz. Pero ella habla con soltura, con entera serenidad, humilde en su momento de noble felicidad.


Gabriela nació en Bariloche. Es la menor de la familia Castañón, cuyos tres hermanos varones -dos de ellos estudian y trabajan en Buenos Aires- es seguro que siempre la consideraron reina, aunque tal vez nunca se lo dijeran y, fratelli al fin, tuvieran sus pujas y sus secretas travesuras para fastidiarla.

- Yo dediqué mi vida a mi familia, para mí es el único bien que puedo dejarles: el cariño inmenso de un padre y una madre que lucharon a brazo partido para que pudieran estudiar y ser personas de bien.- dice Alberto, el papá. Quien esto escribe solía verlo con su overol de la Cooperativa, en cualquier lugar del espacio común, con la simpleza de cualquier trabajador. Y ya viejo cronista al fin o quizás -piedad- sólo desgastado de patear Bariloche para arriba y para abajo, registra en su memoria alguna actitud noble de ese hombre, en algún episodio de esos que ponen en debate a la ciudad, cuyos detalles el tiempo se ha llevado, aunque no la valoración personal que provocó aquel gesto. Por entonces, Gaby ni siquiera habia llegado al mundo. Pero el cronista podría verlo también ahora, cualquier día de este invierno: más de treinta años lleva allí y cada día recomienza su simple historia de laburante: es operador de usina de la CEB.

Claro que estas son jornadas distintas. Su mamá Mónica ha de sentir esa extraña sensación de ver a su niña -siempre lo son, aunque crezcan y haya que estar atentos- alcanzando un logro tan significativo para el pueblo que los vio nacer y crecer. Una cumbre coronada.

Podrá decirse que ser bonita, elegante o atractiva es algo común a cualquier muchacha. Y que ser considerada la más no encierra más mérito que el que la naturaleza dio. Pero ser Reina de la Nieve implica un camino nada fácil, no sólo porque hay que competir con otras aspiraciones muy legítimas, sino porque también es preciso desenvolverse de un modo especial, expresarse con fluidez, conocer la ciudad y sus valores. Animarse y desplazarse con soltura. Y otros etcéteras. Pero nadie le quitará a esa mamá (que según dicen prepara unas tortas deliciosas, al punto que con su labor de repostera contribuye al sostenimiento de la familia) el secreto goce de pensar que tantos desvelos de cualquier madre: que la lactancia, que esa fiebre que no baja, que las vacunas, que los turnos del pediatra, que los deberes, que la escuela, que los vestiditos de las clases de español, que la adolescencia, que las salidas, que las preguntas de mujer a mujer, que los amigos, que...
Que tantos desvelos -digo, puede pensar Monica- desembocan en un hoy de muchacha íntegra. Reconocida por su ciudad. Y bella, además. Irrefutablemente bella.

Claro, como dice la gente, siempre habrá quienes critican, qué duda cabe. La exposición pública siempre tiene ese riesgo y también hay que asumirlo, es el juego que la sociedad impone. Pero, en verdad, los Castañón no han recibido más que señales de alegría y congratulación, aunque sepan que el apellido los asocia inevitablemente al tío Hugo, quien como toda persona que hace política tiene adherentes y detractores. Y aunque tal vez no se frecuenten demasiado, es probable que también él -Hugo, de cuyos sueños en su caso futboleros también tomó nota este cronista, muchos años ha- sienta la íntima y secreta alegría de ver coronada a su sobrina Gaby. Legítima alegría que sólo los que aplican la lógica de la impudicia podrían desvirtuar. Quien esto escribe lo suscribe, de puño y letra si hace falta: la política va por otros carriles. Parafraseando al zurdo sabio de Villa Fiorito, diría que la emoción legítima y verdadera, la emoción simple de la gente sencilla no se mancha. Preservemos lo que pueda ser puro, en medio de tanto enchastre diario, sin complejos.

Gabriela habrá acunado este sueño largamente, aún sin traducirlo en palabras. Desde sus días de infancia, en un Bariloche que cambia día a día, pero que tal vez registre sus primeros, aventurados pasos en el barrio, o los juegos inventados de la primera nieve, algún muñeco gracioso con nariz de zanahoria, como todos los chicos; como todos los chicos de todos los barrios de este pueblo-ciudad. O quizás asomen en sus pupilas el temor a lo nuevo, a lo desconocido, como fue en aquellos lunes del jardín infantil, en el Colegio Castex, donde también aprendió las primeras sumas y las primeras letras y donde fue creciendo de niña a adolescente en los años del secundario.

Ahí esta la familia ahora, con ella en medio, más reina que nunca. Este lunes de noche está ahi, en su modesta casa, con las luces prendidas, alterada por los llamados de todo el mundo, la nota en la tele, el cariño de los amigos. Ahí está la familia ahora, seleccionado fotos para el Digi, quizás reviviendo momentos personales maravillosos, que la prensa pasó por alto porque es nada más -y nada menos- que el discurrir de la vida cotidiana de la gente común: satisfacciones íntimas y sueños verdaderos; y momentos de desasosiego, que también los hay. Ahí están ellos en esa intimidad que es hoy diferente. Asoman desde el álbum postales que reflejan los once años que Gaby hizo en danzas españolas, con el Instituto Fracassi, hasta recibirse de profesora superior de la especialidad, una actividad que también le habrá servido para adquirir esa elegancia tan elogiada en estos días. Tal vez venga a la mesa el recuerdo de Marina, o de Morena Peralta, aquella compañera de siempre, morocha ella también, deliciosa cantora y buena gente. O la foto con los hermanos en Las Grutas, que trasunta felicidad plena.

- Me gustó Gabriela, dijo tras la presentación a la prensa, un par de días antes de la elección y en la intimidad de la sala de edición del digital, nuestra novel colega Ailín, insospechable de cualquier manipulación tendenciosa por amistad o por cercanía. Asintieron, siempre mesurados, los viejos camaradas de la tele.

Fue Gabriela nomás. La piba más chica del Alberto y la Mónica, los Castañón de Bariloche. Es Gabriela la reina, la que tendrá que articular su futuro entre viajes y presentaciones para dejar bien a Bariloche, su pueblo. La que irá pensando cómo seguirá después su carrera de Turismo, que actualmente cursa en el Instituto Superior Capraro y que la tiene entre sus estudiantes más avanzadas. "Ella no quiere irse a Buenos Aires, pero sí quiere hacer la licenciatura" refirió el papá. El sábado rindió una materia dura: ser elegida entre doce chicas bellas, barilochensemente bellas, si el neologismo cabe para decir que son chicas de aquí, humanamente bellas, como cualquier persona puede serlo detrás o delante de apariencias y prejuicios.

(Gabriela sonríe y suelta sus lágrimas en el escenario. Fluyen libres entre mejillas sonrosadas y ramos de flores, regalos, bandas, coronas, largos vestidos y funcionarios, qué importa. Su corazón está ahí, al aire libre, entonando una bella melodía de sueño cumplido. Y el cronista piensa: suelte sus lágrimas nomás, señora Reina. Déjese ser: la emoción verdadera la hará más noble todavía).
Y tal vez entonces, entre esos latidos singulares, asome también un guardapolvo con letras bordadas de aquellos días de jardín y consigne otra vez ese nombre "Gaby...", para agregar al pie una leyenda imaginaria que vaticina un futuro que ya es hoy, ahora mismo: "Gaby, la reina nacional de la nieve".

La Reina
 

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