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| Desde este bello lugar |
| Martes 03 de Agosto de 2010 06:30 - 19583 Lecturas. |
![]() La imagen de un cuadro de Américo Panozzi lo dice todo, pero las recientes expresiones del gobernador Saiz (la "idiosincracia particular" de Bariloche) y aquellas otras que alguna vez pronunció su antecesor mueven a Hans Schulz a un ensayo más profundo, en busca siempre de algunas guías para debatir en serio y dejar atrás cualquier tentación de silencio contemplativo. "Te escribo desde este bello lugar”
Unas semanas atrás, escribí algo sobre la ruptura del mito de la Suiza Argentina, un mito fundacional que imagina nuestra ciudad fundada por centroeuropeos en un paisaje muy poco argentino. Hace sólo algunos unos días, y en relación con los trágicos hechos de junio en que perdieron la vida tres jóvenes de nuestra ciudad, un juego en página central de una revista de Buenos Aires, aventuraba, con texto e imagen, una interpretación de nuestra ciudad que describía las fisuras del mito. Ahora, en su última visita, es el gobernador de nuestra provincia el que aventuró otro juicio sobre nosotros cuando dijo “que nuestra ciudad tiene una idiosincrasia particular” y que las indefiniciones en cuanto a políticas de inversión se deben a que “Bariloche recibe mucha gente que llega a radicarse en busca de un estilo de vida distinto que a veces es incompatible con el progreso.” En parte remite a las declaraciones de otro gobernador, que si bien no recuerdo, también hablaba, además de nuestros nazis refugiados, de porteños exilados y de hippies que viven en el bosque. ¿Tendrán razón todos ellos? Identidad en unos pocos trazos
No hay duda de que el nombre de nuestra ciudad, tiene para el público en general, un aura que no tienen la demás ciudades de la provincia. Roca o Viedma, poco le sugieren al imaginario colectivo de los habitantes de nuestro país y ni que hablar de los que viven en el extranjero. Bariloche en cambio, es casi una marca registrada, y como tal, está sujeta a una peligrosa idealización. Todos hablan de Bariloche como si la conocieran, pero de lo que hablan en realidad, es de otra cosa. Las demás ciudades, con sus cultivos y plantas de empaque y con sus viñedos y plácidas riberas de río, son como son. Bariloche en cambio, no es como es. Si las demás ciudades crecen, es por su propia inercia. Cuando nosotros crecemos, es por aluvión. Por eso Bariloche, la ciudad de montaña, provoca frustración a gobernadores y políticos que nacieron y viven en otra geografía, y en muchos casos sus comentarios y opiniones parecen encerrar una cierta cuota de rencor, que en realidad, es sólo una muestra más de la frustración que les produce el no poder entender a nuestra ciudad. Y si, Bariloche es distinta, ¿pero que ciudad no lo es? Nació distinta. Tal vez la idea original de la “Colonia Agrícola, Ganadera y Forestal” como polo de desarrollo y la utopía de la ciudad industrial del Limay, del norteamericano Bailey Willis, fueron los proyectos que más nos acercaron al ideal de progreso que atrapó a las demás ciudades de la provincia. Pero la pronta creación del Parque Nacional y el advenimiento de un turismo que ansiaba un territorio construido como paisaje, marcó nuestro destino diferenciado a lo largo de la primera mitad del siglo XX. Después, fue un “científico” austriaco, vinculado a los proyectos atómicos de los nazis durante la II Guerra Mundial, él que indirectamente y a través del proyecto Huemul, sentó las bases para la creación de un polo científico en nuestra ciudad. En la segunda mitad del siglo XX, además de asistir a la fundación del Instituto Balseiro y del Centro Atómico Bariloche, asistimos a la creación de INVAP, un Instituto de Tecnología Aplicada, que con su edificio emblemático a la entrada de nuestra ciudad, es hoy sin duda alguna, el exponente más claro de la diversificación definitiva de nuestra antigua identidad de ciudad turística. Pero también pasaron otras cosas: la ciudad creció. Pero no sólo creció hacía el oeste la ciudad de los “exilados urbanos” llegados al sur en busca de “una casa con 10 pinos”, sino que también creció la ciudad de los desplazados del campo, es decir la de aquellos que llegados del interior de la provincia, a causa del abandono y las crisis recurrentes, se fueron amontonando en nuestra periferia hacia el sur. Y el tejido se rompió. Lo que antes estaba unido ahora crece separado.
El progreso como paradigma Por otro lado, el progreso como tal, es un concepto complejo y contradictorio. Los primeros antropólogos, al igual que la mayoría de sus contemporáneos europeos, estaban convencidos de que a partir de ciertos “estadios salvajes” de la humanidad, el hombre se encaminaba hacía una civilización superior. Las ciencias naturales confirmaron este proceso, cuando en base a ciertos hallazgos, elaboraron la teoría del hombre primitivo, que desde las fronteras de la especie, marcha triunfal hacia el estadio final del hombre civilizado contemporáneo. Fue la época de Darwin y del colonialismo y el imperialismo. Bastó una simple conferencia internacional a fines del siglo XIX en Berlín, para que las naciones europeas se repartieran definitivamente la totalidad de África, ¡todo un continente! Tan convencidos estaban esas naciones de ser potadoras únicas de la luz del progreso. Después de las dos grandes guerras, ya nadie estaba tan convencido de que las cosas fuera así y de lo que era realmente el progreso. Ni que hablar de todas las diferentes culturas y civilizaciones y sus respectivas religiones y creencias, que a partir de los movimientos de descolonización, reivindicaron su lugar dentro del concierto de las naciones y sub-naciones, poniendo en tela de juicio la idea de un sólo camino posible a la felicidad. Poco a poco, a todo esto se le fueron agregando los daños colaterales del “progreso”, es decir, la destrucción de los ecosistemas naturales y sociales armónicos. Además, la vida cotidiana se volvía frenética, insalubre y estresante y la pobreza de todo tipo crecía sin cesar. La tecnología, panacea universal, no tenía un solo rostro. La relación del hombre con su medio ambiente entró en crisis y algunos hasta hablan ahora de un futuro colapso ecológico y social.
¿Y Bariloche?
Y entonces, el progreso al que hace mención nuestro gobernador ¿Qué es exactamente? Esa es una buena pregunta. Si bien existen innumerables definiciones, podemos decir que el progreso en términos sociales es un concepto que indica la existencia de un sentido de mejora en la condición humana. El progreso conduce a mejorar la vida del hombre y algunos piensan que esto se relaciona con mejoras en la cultura, la ética y la moral y los más osados vinculan todo esto con el mejoramiento de la calidad de vida de la comunidad e incluso con la felicidad de sus integrantes. Los que vivimos aquí desde hace muchos años, podemos dar fe, de que en el Bariloche que estamos creando, algo no condice con estas definiciones. El discurso de los funcionarios públicos de turno y del empresariado en general habla del progreso desde hace décadas, y a juzgar por lo que se ve, los resultados no parecen ser los esperados. Basta con recorrer las maltrechas calles de nuestra ciudad, observar la arquitectura de muchos de nuestros nuevos edificios, la contaminación de nuestros ríos y lagos, el avance urbano sistemático sobre bosques y humedales, el basural expuesto y los barrios empobrecidos que asoman amenazantes en la periferia, para intuir que las promesas del ansiado progreso no se están cumpliendo. Claro que nuevas inversiones son necesarias, ¿pero acaso no deben ser parte de un desarrollo planificado a mayor escala? Y esto es, un desarrollo planificado que no se enfoque solamente en infraestructura edilicia, sino también en capacitación y educación, como reclama acertadamente un joven de sólo 15 años en una carta de lectores enviada al digital. Una serie de nuevos y grandes hoteles en la zona del LLao LLao puede ser una buena idea, pero la infraestructura de nuestra ciudad, ¿está preparada? Y yo pregunto ¿A quién le corresponde planificar? A modo de conclusión
La relación entre lo deseable y lo posible es lo que proporciona el límite al crecimiento. Según el periodista francés Philippe Saint Marc, en el futuro, las sociedades deberán elegir entre una “economía de posesión” y una “economía de plenitud”, y se deberá optar entre la obsesión por un tipo de progreso perimido o un desarrollo sostenible que aspire a un nuevo concepto de bienestar. Muchos de los europeos llegados a nuestra ciudad en el siglo XX, dejaron atrás una tierra arrasada y recrearon aquí el paraíso perdido. Tal vez los llegados a nuestra ciudad en las últimas décadas, también saben algo que nosotros no sabemos y busquen aquí sólo solaz al ahogo que producen nuestras grandes y desordenadas ciudades, buscando recrear aquí también una vida en comunidad que creían perdida. Los llegados del campo y los que habitan la periferia pobre sólo quieren progresar, vivir en mejores casas y poder darles una mejor educación a sus hijos. Los empresarios quieren invertir. Pareciera que todos, en resumidas cuentas, quieren lo mismo: progreso y bienestar. Lo que hay que definir es si, en la forma en que están planteadas las aspiraciones en nuestra ciudad, ambas son compatibles. |











